La rutina

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Puntual como cada día, Ernesto llegó al bar a las siete de la mañana. Sin embargo, esta vez no levantó la reja de la puerta directamente ni se sumergió en la rutina que llevaba repitiendo 37 años. Esta vez se quedó mirando ensimismado la puerta cerrada mientras jugueteaba con las llaves entre sus dedos. Suspiró dejando escapar una lágrima y se resignó a abrir.
A las 7 y 22 Julián llegó al bar. Como de costumbre era el primer cliente en entrar.
— ¡Buenos días! — saludó animado.
Ernesto le miró y le devolvió el saludo levantando ligeramente la cabeza con un gesto seco y cansado.
— Pero… ¿y esa cara? —Preguntó Julián— Si hoy deberías estar más contento que nunca.
— ¿Por qué? ¿Porque a partir de hoy me podré morir de aburrimiento?— Refunfuñó Ernesto.
— Aburrimiento dice; pero si hoy empieza la mejor etapa de tu vida. Ya no tendrás que partirte el lomo todo el día aquí metido, ni aguantar a todos esos energúmenos que vienen aquí cada mañana quejándose de todo. Hoy empieza una nueva vida para ti y tendrías que estar de celebración—Terminó diciendo Julián con los brazos levantados.

Ernesto lo miró con desaprobación marcando un ligero “no” con la cabeza y sin decir nada se metió en la cocina.

***

Puntual como cada día Ernesto llegó al parque Norte de la ciudad a las siete de la mañana. Entró por la puerta principal y comenzó a andar en silencio. Tenía la esperanza de que el ejercicio, aunque ligero, aliviaría la presión de la boca del estómago que llevaba sintiendo desde hacía ya dos años y medio. Se sentó en el banco al final del parque, en el mismo banco en el que se sentaba cada día, mientras esperaba a su amigo Julián, que no solía llegar hasta después de desayunar en su nuevo bar habitual.

Julián apareció en el parque pasadas las 9 y 20. Empezó a caminar despreocupado como de costumbre cuando se percató de que al fondo del parque el banco en el que siempre le esperaba Ernesto estaba vacío. Un súbito espasmo de preocupación se apoderó de él y sin saber muy bien porqué aceleró el paso para poder comprobar de cerca que efectivamente el banco estaba vacío. En ese momento oyó que Ernesto lo llamaba a su espalda. Se giró y lo encontró sentado en el banco de enfrente con una extravagante sonrisa.
— Ven — le dijo Ernesto — siéntate aquí conmigo, que desde este lado la vista es completamente diferente.

Ángel Sánchez-Rodríguez

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El sol deambulaba

font-705667_1920El sol deambulaba por el cielo cuando empezó a pensar sobre quién era el sujeto de esta frase. Sin saber muy bien a dónde caminaban las líneas que iban surgiendo, ni si alguien contaría los verbos necesarios para escribir un párrafo lo suficientemente decente como para que merezca la pena dedicarle el tiempo que se necesita para leerlo… o para comprenderlo. Esas son algunas de las incertidumbres del lenguaje y del escritor, pero que suponen insignificantes detalles para el lector. Elementos de unión tácitos sobre semblantes de palabras incomprendidas (que no incomprensibles) sobre los que se intentan dibujar vínculos invisibles. Los incendios de palabras inaudibles que no dejan indiferente a nadie que se auto-perciba mínimamente independiente y que expresan incansables e indomables ideas escritas en clave de una imposible incoherencia. Y, al final, lo único que nos queda es preguntarnos, ¿qué coño está queriendo decir con todo esto?

 

Ángel Sánchez-Rodríguez

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¿Cómo volar?

By StockSnap_CCYa no recuerdas cómo volar, ¿verdad? Es normal, lo que no practicas se acaba olvidando. Si te pasas la vida arrastrándote por el mundo, a arrástrate será a lo que te hagas experto. Te has convertido en uno de los más grandes arrastrados del panorama y eso que el listón está muy alto hoy en día —o más bien muy bajo, según se mire. Estás al nivel de los putos reptiles. ¿Y todavía te preguntas porque no te respetan? ¿Por qué no levantas pasiones? Si no haces nada con pasión, ¿cómo quieres apasionar? Tú ya no puedes escribir porque no te queda sangre, la tierra te la ha absorbido de tanto arrastrarte. Escribir es sangrar tinta. Escribir consiste en dejar un reguero tras de ti para que el que viene detrás, leyendo, sienta que sigue el rastro de la vida. Son las vísceras las que mueven el mundo, o al menos las que lo ponen en marcha. Quizá luego es la rutina la que mantiene la inercia del movimiento pero hay una gran diferencia entre la rutina visceral, la de la pasión, y la de la monotonía y el hastío. No es lo mismo hacer por hacer que hacer PARA hacer. Y la gente no para de confundirlo. Tú mismo lo confundes a diario. Si vas a escribir una obra, tienes que hacerlo con mayúsculas. Hacerla para hacerla. Hacerla por el mero hecho de hacerla, por el simple placer del movimiento, de la actividad en sí. Trata de ignorar las categorías mercantiles que intentan organizar las distintas formas de hacer entre hacer por ocio y hacer por trabajo. La fuerza auténticamente creativa va más allá de las categorías de productores-consumidores. Es el hacer más primitivo y a la vez el más evolucionado. El hacer que te sumerge de cabeza en un estado de flujo en el que el tiempo solo recupera su ritmo cuando las necesidades más básicas requieren ser atendidas. En ese movimiento es en el que merece la pena detenerse para mirar como la vida pasa alrededor. Una vida que desde esa posición carece enteramente de sentido y sensibilidad. Una vida montada sobre cimientos de sombras y espejismos donde la gente alarga el brazo para tratar de alcanzar con la mano su propio deseo. Desde este ángulo se puede percibir el vacuo placer que experimenta la gente cuando consiguen alargar tanto el brazo que la mano se les hunde en una gelatinosa maraña de bilis y esputo. Desde ahí puedes observar como un orgullo estéril les hace elevar sus mentones, mirando por encima del hombro a los demás como si hubieran conseguido algo importante. Y todo para sacar la mano de ese barrizal y volver a empezar. Una y otra vez, sin avanzar, sin moverse; alimentándose únicamente de la ilusión del logro conseguido. Pero esos logros son logros enlatados, estandarizados. Si quieres hacer algo auténtico, algo de verdad, debes entender que el hacer con mayúsculas es el único que realmente importa. Y en ese hacer no importa lo bien o lo mal que lo hagas, los halagos que recibas o lo útil que sea para el mundo. No importa como sea valorado o entendido, no importa que sea categorizado como auténtico arte o como pura basura. Sólo estás tú y el movimiento, el hacer con mayúsculas; y quizá, solo quizá, llegues a conectar con alguien más. Haciéndolo así puedes hacer cualquier cosa. Puedes crear tu propia dimensión, tu pequeño santuario fuera del tiempo y el espacio convencionales. Da igual a que actividad te dediques, da lo mismo que escribas, que pintes, que cantes, que bailes, que construyas puentes, que plantes tomates, que camines, que corras o que vueles, que colecciones chinchetas o hagas mosaicos con canicas. Lo importante es la fusión de tu mente con el mundo y la chispa que de ahí salta para iluminarte la vida. Esa es la única manera de tocar algo sólido y de que tu mano no se hunda en el barrizal.

Ángel Sánchez-Rodríguez

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Las puertas de la libertad

Las puertas de la libertad

Hay pájaros que creen que por vivir fuera de la jaula ya son libres. Nada más lejos de la realidad. El hecho de vivir dentro o fuera de la jaula no determina, en absoluto, su libertad ya que dicha situación es solo circunstancial. La libertad no es una cuestión de estado sino de posibilidad. Volar entre las nubes dejándose atravesar por los rayos del sol no es más que un espejismo de libertad cuando no existe otra posibilidad. Esa mal llamada libertad no es mucho más sólida que la sombra de un anhelo. Es, por el contrario, la situación en la que se encuentren las puertas de la jaula lo que la define realmente. El universo no es solo cóncavo, también es convexo, y si las puertas de la jaula están cerradas entonces tanto el pájaro que vive dentro como el que vive fuera están encerrados: Uno en la parte cóncava y el otro en la convexa del universo pero los dos están atrapados. Son solo las puertas abiertas las que nos hacen auténticamente libres. Por eso es por lo que la libertad tiene forma de puerta; porque ésta es el puente que separa el muro, al que nada le puede atravesar, del agujero en la pared al que todo lo atraviesa. Son las puertas las que definen la posibilidad de libertad.

Ángel Sánchez-Rodríguez

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El nexo al desnudo

ringsLa cena empezaba a ser recibida ligera por sus estómagos mientras las risas y las miradas cómplices acrecentaban la tensión. Las imágenes esporádicas de sus cuerpos desnudos que aparecían y desaparecían en sus imaginaciones, solo delatadas por el contoneo de sus pupilas, aderezaban la conversación. Imágenes provocadas por la curvatura que tomaban sus cuellos al ladear la cabeza para escucharse mutuamente y que a la vez les invitaba a besar, a lamer y a morder con los labios. Cada movimiento de sus cuerpos hacía que sus ropas acariciaran sus pieles, facilitando que la fusión se acercara. Acabó la cena y ambos se inclinaron sobre la mesa como si la cuerda que ataba sus miradas se fuese acortando hasta que reconocieron el sabor del postre en la boca del otro. Flotaron hasta el sofá y de ahí a la cama. A cada paso su mundo común crecía mientras que las prendas de ropa fueron marcando la estela de su camino. Un cuerpo se tumbó boca arriba mientras el otro recorría cada palmo de piel; unas veces con las yemas de los dedos, otras con la lengua o los labios, y otras incluso con la nariz. Cada circuito exploraba su propia ruta y hacía sus propios descubrimientos: del cuello al obligo, del tobillo a la ingle o de un costado al otro; marcando trayectorias en línea recta, haciendo curvas, círculos y piruetas. La dirección que tomaban las caricias erráticas, aleatorias, imposibles de prever para aquel cuerpo que se arqueaba y entumecía, marcando los latidos acompasados en forma de tensión y relajación, tensión y relajación. Cada milímetro era importante y cada rincón de carne empezaba a entenderlo y a asimilarlo abriendo sus poros y tensando su bello. Los latidos de sus cuerpos empezaron a coordinarse con sus respectivas respiraciones haciendo que el final de la inspiración de uno condujera al inicio de una excitada expiración en el otro. Empezaron a alinear sus bocas, mirar sus pechos y tocar sus nalgas para incrementar una tensión ya desbordada, aunque serena. Llegaron incluso a acostumbrarse a ella, recreándose en su punto más álgido mientras la acariciaban para que se mantuviera en la cima. Toda esa energía empezó a concentrarse con el vaivén hasta explotar y volverse a esparcir por ambos cuerpos sin entender muy bien donde empieza uno y acaba el otro. En aquel momento la ilusión del individuo se perdió entre las sensaciones. Parte de aquel estremecimiento no fue de ninguno de los dos, sino de su intersección, de su vínculo. En ese instante nació y murió una parte de ellos que no les pertenecía, al menos no por separado; una parte que solo podía existir en la medida en la que era de los dos.

Ángel Sánchez-Rodríguez

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Después de la comida no siempre viene la siesta

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Los que tienen sed han roto definitivamente con los que tienen hambre. De un tiempo a esta parte, la tensión entre ambos grupos se había acrecentado pero hace unos días la situación se tornó insostenible. Los que tiene sed se quejan de que los que tienen hambre les menosprecian constantemente en la mesa. Por su parte, los que tienen hambre dicen que los que tienen sed son unos exagerados y que ellos simplemente tratan de hacer más amena la velada: “El hecho de que a veces el objeto de las burlas recaiga sobre los que tienen sed es solo una coincidencia, a veces ellos también se meten con nosotros”—argumenta uno de los que tiene hambre. A pesar de ello, los que tienen sed dicen que la ruptura es definitiva y que no volverán a compartir mesa con ellos. Además —enfatizan— esto no es un problema de ahora; desde que se montó la mesa, la desigualdad está presenta y se aprecia en que, por ejemplo, la mayoría de la cubertería está destinada a satisfacer las necesidades de los que tienen hambre. Si te fijas, ¿cuántos utensilios hay para comer? —nos preguntan retóricamente. Cucharas, cuchillos, tenedores… encima cada uno de ellos de varios tipos: grandes, pequeños, para carne, para pescado, para el postre… ¿Y platos? ¿Cuántos tipos de platos distintos se pueden usar en una comida? Planos, hondos, alargados, para las cáscaras…. Hay de todos los tipos. Además hay cuencos, ensaladeras… ¡tienen de todo! Pero para nosotros… —protestan— ¿qué tenemos? hay vasos y poco más. Es cierto que en algunas ocasiones les da por cuidarles y les sacan copas o vasos anchos, pero ¿a quién pretenden engañar? Esos casos no se suelen dar en la mesa. Quizá en los bares, pero no en la mesa. Y cuando esto ocurre es en contadas ocasiones ya que los que tienen hambre dicen que solo son para las ocasiones especiales como las navidades y los cumpleaños —sentencia. Según los que tienen hambre las copas son muy frágiles y si se sacaran todos los días terminarían rompiéndose. Pero los que tienen sed creen que solo son excusas y que en realidad lo hacen porque saben que si atendieran a sus demandas luego vendrían más peticiones ya que saben que no se conformarían con estas pequeñas concesiones. Saben que lo que queremos —nos cuenta en primicia uno de los que tienen sed— es sentarnos en la mesa en las mismas condiciones que ellos. Por eso utilizan estos trucos, para tener controladas nuestras exigencias. Así estamos siempre estancados en el eterno debate de cuándo podemos usar las copa y cuando no; obligándonos a dejar de lado el problema de fondo. Y es que no es una cuestión de cosas puntuales, como el problema de las copas —nos explica— ahí es solo cuando se materializa. El hecho es, y este es el punto clave, que los que tienen hambre se creen superiores a los que tenemos sed. Todo se reduce a eso—nos asegura. Creen que por tener que hacer un mayor despliegue cuando se sientan a comer ya tienen derecho a infravalorarnos y no se dan cuenta de que sin comer se puede sobrevivir hasta una semana pero que sin beber no llegas ni al tercer día. Su sentimiento de superioridad depende de sus valores y eso tiene que cambiar.

De esta manera nos reivindican la importancia de tener sed y exigen su lugar en la mesa, un lugar sin menosprecios ni superioridades. Mientras la aparente ruptura entre unos y otros se mantiene a la espera de avances, en las relaciones aquellos que tienen sueño parecen observar la disputa con los ojos medio cerrados desde el sofá.

Ángel Sánchez-Rodríguez

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Redes anti-sociedades

MyriamsLas redes invisibles te persiguen. Quizá no lo notes porque todavía no te han alcanzado pero están ahí, detrás de ti, al acecho. Nunca las ves llegar ni te das cuenta de su presencia hasta que el fétido aliento de su abrazo ya ha empapado y tupido tus poros. Es solo en ese momento cuando te das cuenta de su existencia. La gente no habla de ellas, la mayoría ni siquiera las piensa. Cada vez son más, más rápidas, más flexibles, más resistentes. Algunas apresan tus pies, otras tus pulgares, tu corazón y tus entrañas; pero otras, las más tóxicas, recubren tu alegría, o lo que es aún peor, tu tristeza. Las hay que atrapan tus recuerdos, tu atención y tus proyectos. Pero también las que envuelven a tus padres, a los que fueron tus mejores amigos o a tus exparejas.

Cuentan que una gran red se aproxima, la más grande y gruesa jamás vista, que opacará los conceptos de cuyos objetos se hacían cargo las anteriores redes. Lo bueno del día en el que esa red llegue y nos atrape es que también se cubrirá las preocupaciones sobre estas cuestiones; desaparecerán como desaparece la capacidad de formar recuerdos tras varias copas de Whisky, haciendo que pase lo que pase será como si nunca hubiera pasado.

Pero hasta que llegue ese día toca correr y esconderse para esquivarlas y luchar y gritar para ahuyentarlas. Esto no es, ni mucho menos, una tarea sencilla, puesto que una vez te atrapa la primera tus energías y recursos merman, lo que hace que sea más fácil que te atrape la segunda. De la segunda a la tercera no hay más que un salto, de la tercera a la cuarta un paso y de la cuarta a la quinta un suspiro. Hay a quienes ya ni se les reconoce por las capas de pintura que les envuelven porque, aunque las redes son invisibles, al contacto con la piel y con el alma se tiñen de distintas tonalidades. Mires a donde mires es probable que solo veas personas que parecen arcoíris, patéticas en su existencia, y que no concibas la posibilidad de que eso te pueda ocurrir a ti también. Sin embargo, te ocurrirá, antes o después pasará. Las únicas incógnitas son cuándo y cuántas, porque los que no fueron son, y los que no son serán, víctimas de ellas. Hasta que llegue el día en el que, según cuenta la profecía, una tupida capa nos opaque los ojos no seremos libres. A esa es a la libertad a la que aspiramos.

Ángel Sánchez-Rodríguez

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Resistiendo a la tentación

FreephtCada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada; pero las familias felices se parecen unas a otras. De hecho, hay quien dice que son idénticas, como gotas de lágrima. Hay quien incluso piensa que se van reproduciendo y avanzan conquistando el tejido social, como si de células cancerígenas se tratasen. Caminan por el mundo orgullosas de su casa, su coche, su jardín y su perro e intentan convencer a sus vecinos con una perpetua sonrisa en la cara. Les llaman a la puerta con una cesta con lacito entre las manos que contiene un poco de felicidad —es la versión de prueba. Si la prueban y les gusta tendrán que empezar a pagar la mensualidad para que les llegue regularmente a su puerta cada semana. Las familias infelices conocen la trampa y apagan la luz y bajan el volumen de la música cuando las sienten acercarse. Dejan de bailar y se quedan dentro de la casa muy calladas y muy quietas aguardando a que las familias felices se cansen y se marchen. No quieren ni acercarse a la tentación. Cuando por fin pasa el peligro se sientan en sus viejos sillones y se recrean en su infelicidad respirando profundamente.

Mi pequeño homenaje a Tolstói

Ángel Sánchez-Rodríguez

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Al acecho

clock by caféTenía exactamente tres minutos y treinta y tres segundos para pensar lo que les diría antes de que vinieran a matarme. ¿Por dónde empezar? Podría abogar por su compasión, por su ternura; pero este tipo de gente las considera una debilidad y los débiles, según ellos, no deberían existir. ¡No! Eso les daría más argumentos para matarme en lugar de perdonarme. Debe de haber otra estrategia mejor, otra manera de hacerles entrar en razón. Mierda, ya solo me quedan dos minutos y medio. ¡Piensa, piensa! ¿Y ocultar el miedo? ¿Y afrontar su decisión con resignación y valentía levantando el mentón mientras les miro a los ojos sin temor cual final épico de película? Quizá así se apiaden. Pero… ¿Por qué me engaño? Aunque quisiera, no podría. Si ya se me está acelerando el corazón y me sudan las manos, cómo disimular el terror cuando lleguen en… ¿50 segundos sólo? ¡No puede ser! ¿Desde cuándo pasa el tiempo tan rápido? Necesito una solución. ¿Qué puedo decirles? Necesito alguna gran idea, algo que les quite de la cabeza las ganas de…

Ángel Sánchez-Rodríguez

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Tambores de paz

alps-2094530_960_720Aquella mañana algo diferente se respiraba en el ambiente. La atmósfera había amanecido más limpia y clara que de costumbre, como con una especie de energía renovada. La bruma propia del despertar del día comenzaba a disiparse permitiendo distinguir al pequeño pueblo del resto de la ladera de la montaña. A pesar de no ser propio de aquella época del año, la energía del sol irradiaba exultante. Su luz empezaba a regar los hogares a través de las ventanas y sus sedientos habitantes corrían hacia ellas a recoger las abundantes gotas de esperanza que les llegaban. Las miradas de complicidad, todavía medio dormidas, empezaban a cruzarse ante la expectativa. Algunos ceños fruncidos desconfiaban pero eso no evitaba que las luciérnagas nadaran a sus anchas en los ojos de los habitantes del lugar.

Aquella mañana, por primera vez en más de dos años, el cielo no amanecía de color rojo sangre. No. Aquel alba despertaba vestida con un traje de intenso color de futuro y las tórtolas y los robles y los mirlos lo celebraban. En realidad, nada sabían con certeza, solo eran habladurías, pero todos anhelaban por igual la llegada de la noticia. Esa noticia que devolvería a los mozos del pueblo sanos y salvos a la cocina de sus padres, dónde podrían sentarse a la lumbre a descansar sus torturados pensamientos. Solo necesitaban una noticia, unas simples palabras, para poder volver a dormir tranquilos y no ser atravesados por el terror que supone la proximidad de lo inevitable cuando oían cualquier ruido extraño en mitad de la noche. ¡Triste condena la del tener que estar siempre alerta! Siempre pendientes del camino; del único camino que unía el pueblo con el mundo, con la constante amenaza. El mismo camino que trajo a los soldados y se llevó a sus hijos reclutados dos años atrás. Durante incontables mañanas aquel camino solo había prometido traer hambre y guadañas; pero aquella no. Aquella mañana, lo que prometía traer, eran tambores de paz.

Ángel Sánchez-Rodríguez

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